Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero; mi juventud, veinte años en tierras de Castilla; mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
En esos versos de Antonio Machado hay algo más que nostalgia. La memoria no aparece allí como un archivo donde todo se conserva por igual, sino como una tarea, un trabajo y una selección. Algo vuelve, algo se ordena, algo se deja en sombra. Hay un patio, un huerto, una juventud; pero también hay “casos” que el poeta no quiere recordar. Sin embargo presenta la infancia de modo luminoso, diáfano y es algo obvio que el poeta tiene como todos, vergüenza de las andanzas de su adolescencia, de ahí su reticencia. El punto que quisiera plantear es en espejo con Machado: la indeterminación esencial de las imágenes de la niñez. Permítanme.
Durante siglos y hasta hoy, los recuerdos de infancia fueron una provincia de la niebla. Un patio medio inventado, una voz sin rostro, una caída repetida en la sobremesa familiar, o una casa que en la memoria era enorme y después resultó tener dos piezas chicas y un pasillo. Por dar un caso propio, el supermercado La Regional de Aguilares se incendiaba, debe haber sido fines de los setenta. Llegaban los bomberos y los vecinos, todos preocupados sufríamos por lo que pasaba y lo que podía estar pasando al punto que yo estaba sobre los hombros de alguno de ellos. No sé quién fue el que me hizo turucuto para que viera la columna de humo desde sus raíces, y le relatara lo que podía ver gracias a que mis pocos centímetros completaban un gigante frente a la multitud que se agolpaba ante un evento extraordinario. No sabré quién, si interesa haremos historias, conjeturas, siempre sobre el agua del tiempo y en charla con otros.
Quiero decir: recordar es también completar. Si uno dice “me acuerdo”, la escena queda suspendida entre la verdad, el sueño y la versión familiar.
Algo de esto vio Maurice Halbwachs en Los marcos sociales de la memoria cuando sostuvo que la memoria nunca es del todo solitaria. Recordamos dentro de ciertos marcos sociales: la familia, el barrio, la escuela, la ciudad, la conversación. No se trata solo de que otros nos ayuden a recordar, sino de que recordamos porque hay otros que nos dan palabras, fechas, nombres, lugares, versiones. La memoria personal no flota en el aire: se apoya en una comunidad que confirma, discute, corrige o exagera.
Por eso los grupos de fotos viejas son tan reveladores. No muestran simplemente nostalgia. Muestran la memoria trabajando en público. Una imagen del centro, de una esquina, de una promoción escolar o de un viejo bar no clausura el pasado: lo pone en movimiento. Cada quien reconoce algo, duda de algo, pelea una fecha, recupera un apellido, corrige una ubicación. La foto funciona menos como prueba que como mesa compartida. Alrededor de ella, el pasado vuelve porque varios lo empujan. Esos documentos imperfectos (con sus manchas, bordes cortados, rostros borrosos o carteles a medio leer) son hospitalarios justamente porque dejan huecos. Sin embargo, incluso en estos mojones de memoriosos ha comenzado a usarse la inteligencia artificial. Siempre aclarando, siempre con la vieja foto, pero es una señal.
Digo, ¿Qué pasará cuando todo esté en alguna red social, filmación, registro? ¿Cuando seamos documentados desde que venimos al mundo (hay gente que filma ese momento indigno)? El archivo total promete el registro implacable, la prueba definitiva en alta definición y sin fisuras, como si quisiera clausurar la discusión. Sin embargo, la evidencia no es experiencia. Porque al final, frente al dato queda lo que uno vivió. O, mejor dicho, lo que uno cree que vivió. Por suerte. Es que siempre nos quedará la terquedad, grieta necesaria para seguir discutiendo nuestro pasado. Siempre a turucuto.